Eslovaquia – Segunda Parte

21 12 2010

Eslovaquia. Segunda Parte.

Familiaridad y Hospitalidad.

En el pequeño texto “Lo siniestro”, Sigmund Freud se aproxima con trasfondos psicoanalíticos y filosóficos a la literatura para explicarnos desde su perspectiva la noción de “familiaridad”. A groso modo y resumiendo al máximo, para él toda relación de familiaridad encubre una infamiliaridad sobre la cual todas las cosas se vuelven conocidas.

En cierto sentido, las cosas se tornan conocidas a partir de un proceso de asimilación por el que olvidados los elementos negativos, éstas puede traducirse como una experiencia. En términos simples, todo proceso de construcción pasa por negar y ocultar aquello que le sirvió de base para fundar un acontecimiento, ejemplos tales como los “traumas infantiles” pueden traducirse en término históricos como el proceso de negación del otro. De esta manera, en la familiaridad más calma hay una serie de elementos por los que tanto “sujetos” como “Historia”, no terminan nunca por cuajar. A la escena del trauma infantil puede superponérsele la de las vilezas y rapiñas en la Historia, cuestión que en palabras de Nietzsche, yacen como modos y métodos de construcción de la memoria: “no hay nada más terrible que el ingente proceso por el que se le construye una memoria al hombre”

La verdad, situando estas dos referencias (tanto la de Freud como la de Nietzsche), me parece es posible más o menos explicar un poco un gesto por el que no puedo no dejar de pensar en Eslovaquia. Y es que la ida a éste país me resultó muy grata, las personas muy amables y en general, una experiencia que no sé si inolvidable, pero sí muy significativa. El mejor acierto ha sido ir con Mirka, una amiga eslovaca, pues a partir de ella es que el viaje no ha sido turístico, sino más bien familiar. Nos hemos quedado en su casa en Martin, ciudad que para los eslovacos representa la capital cultural del país… A mejor lugar no hemos podido llegar, su padre es subdirector de la Biblioteca Nacional en Martin, invitados por él hemos ido a las instalaciones de la Biblioteca, él mismo nos ha presentado lo que se estaba haciendo ahí, ha contactado con una amiga suya del Museo de los documentos escritos y de la Literatura Eslovaca. En este museo una señora nos ha dado una charla de una hora sobre Eslovaquia, su literatura e historia. Ésto ha sido sobrecogedor, sólo éramos 3 personas y ella nos estaba regalando gratuitamente una hora de su vida en contárnos de su país. Le parecía importante, más todavía pensando la distancia que hay entre mi lugar de nacimiento (Chile) y el de ella (Eslovaquia).

Bueno, ésto -sumado a una serie de detalles domésticos de la hospitalidad hogareña- ha sido precisamente algo por el que quisiera quizás pensar o al menos visualizar dos o tres cuestiones que me permitan dar sentido a este tipo de gestos… Y es que Eslovaquia como país soberano es una república reciente, nunca en la historia se habían podido constituir en relación a sí mismos, ya que desde la Gran Moravia a Checoslovaquia, su definición política estaba en alianza y en subordinación. Cuestión que por lo demás, no es sólo una definición que se constituya autónomamente en relación a la integridad del territorio y la “soberanía”, sino que incluye ciertos intercambios por los que la cultura es permeada y sometida a cánones que la definen. De cierta manera, la reciente soberanía es también una especie de aconteciento por el que Eslovaquia como país ha comenzado a (re)encontrarse y redescubrirse en su historia, escribiéndola, reescribiéndola e inscribiéndose en ella.

Como sabemos, las relaciones de poder son también relaciones de saber. El saber es un dispositivo de poder por el que se gobierna y se produce verdad. En este sentido, los cuentos de la historia importan en la medida en que podemos reconocer quién y qué cuenta, especialmente si pensamos por qué y para qué lo cuenta, así también, a quienes. No hay nada ingenuo en lo que se dice en los documentos escritos, porque no hay hechos puros o transparentes, todo lo que ha sido escrito tiene una función… La avidez por contar la historia de Eslovaquia (por parte de las personas que conocí) me pareció efecto de la necesidad de hablar de sí, como quien se descubre y siente necesidad de decir que que está ahí y que es real: ¡que existe!. Y es que detrás de esa hospitalidad cubierta por siglos de dominio cultural de otros, la mejor experiencia ha sido que lejos de replegarse y aislarse, las personas sientan ganas de abrir y compartir aquello que es lo más propio que tienen, no sólo su hogar sino también, su cultura, quizás sea ésto lo que se llame “hospitalidad”.

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