Del olvidado arte de dialogar

8 12 2010

Dice la RAE que un diálogo es una:

1. m. Plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos.

Y añade en su tercera acepción (la segunda hace referencia a obras literarias, y este no es el caso):

3. m. Discusión o trato en busca de avenencia.

Por si acaso, añado la definición de avenencia:

1. f. Convenio, transacción.

2. f. Conformidad y unión.

Y la verdad es que ambas definiciones son perfectas para el tema principal de esta columna semanal, pues observando la realidad no se cumplen ninguna de las dos definiciones de diálogo en un número alarmante de casos, lo que considero un gran mal en esta sociedad en la que vivimos.

Vayamos de lo particular a lo general para entender mejor mi punto, primero con un ejemplo inventado y luego con otro real. Suponed que a Gublin y a mí nos encargan un trabajo en el que ambos tenemos una competencia similar (porque si dicho trabajo fuera de la especialidad de cada uno nos fiaríamos del criterio del otro). Como es un ejemplo hipotético, pongamos que dicho asunto es los niveles de indigencia en Vladivostok y su aumento desde el inicio de la crisis. Supongamos que queremos llevarlo a buen puerto, ya sea por el hecho de la investigación en sí o porque nos pueden dar un premio, por ejemplo. Lo lógico es que busquemos la citada avenencia para establecer unos criterio de cómo vamos a llevar a cabo el trabajo, pues si cada uno tira para su lado, de premio nada. Pero si en vez de dialogar en busca de convenio nos empecinamos en mantener posturas divergentes, el resultado final del trabajo será un desastre en lugar de un éxito.

Pasemos a un ejemplo real. Llevo 4 años con mi novia, y ambos creemos que una de las claves de seguir juntos es el diálogo. Hablamos todo, y cuando surgen los problemas intentamos ver cuál son las posturas de cada uno y cómo conciliarlas. Unas veces se sigue mi criterio, otras el suyo, y hay otras ocasiones en las que ambos cedemos. Puedo imaginarme lo que muchos estáis pensando en este momento, y ese es el problema (siempre desde mi punto de vista) de que tantas relaciones no funcionen. Si yo cedo, el sector masculino opinará que soy un calzonazos y un amariconado como mínimo, y ella una marimacho o una sargenta, mientras que las mujeres pensarán que ella es toda una mujer con los criterios muy claros y que no se deja manipular por nadie. En cambio, si se impone mi criterio, los hombres me elevarán a la categoría de macho español como está mandado, mientras que para ellas seré poco menos que un pene con patas, y mi novia una víctima de la sociedad falocéntrica.  Quizá no todo el mundo piense igual, pero sí una mayoría. Y sin embargo, nosotros pensamos que así nos va muy bien. Hay dos egos a satisfacer y mantenemos el equilibrio. Pero muchos no quieren verlo así, aun en situaciones donde no sabemos qué hacer o nos da igual, y como la sugerencia que hace el otro no nos parece mal, la seguimos sin más.

 

Ahora pensemos en la sociedad en general, y cómo lo que he ejemplificado no se cumple. Hay situaciones en las que se requiere que ambas partes dialoguen en busca de avenencia, pero de diálogo nada. Lo primero porque más que diálogos son rondas de insultos (o diálogos de sordos, como define la RAE: Conversación en la que los interlocutores no se prestan atención) y luego, porque de avenencia, convenio o transacción nada de nada. O se satisface totalmente el ego de una de las partes (y por tanto, ignorando las peticiones de la otra parte) o no hay trato. Y por detrás estarán el coro de partidarios dispuestos a machacar a la opción opuesta y a llamar vendidos a la propia si ésta hay una concesión, por mínima que sea. Mirad por ejemplo la cuestión de los nacionalismos centrífugos y los centrípetos en España, que siempre se debate de vez en cuando (y más ahora con elecciones a la vista). Pero no es lo único: los acuerdos entre patronal y sindicatos, el villarato y a quién favorece o deja de favorecer, o los crucifijos en las aulas son también buenos ejemplos de lo que digo. Y si a eso le añadimos el toque selecto de los eternos agravios que lavar (otra idea que le tomo prestada a Javier Marías, léase su artículo Vengan Agravios), los cuales hacen que la parte agraviada jamás esté satisfecha, tenemos el cocktail ideal para el cuento de nunca acabar.

 

Cualquier parecido entre un diálogo de verdad y un intercambio verbal entre estos dos señores es pura coincidencia

 

Ante todo esto uno se pregunta a qué se debe semejante comportamiento. ¿Será cosa de los programas del corazón, que han perfeccionado (por paradójico que resulte este calificativo) el cotilleo de escalera de vecinos, y que visto su éxito han convertido a la política en un circo decadente y patético, y autoclonado en la prensa deportiva con los infames Inda, Vehils, Punto Pelota y sus adláteres? ¿Será cosa de que estos señores (y por extensión, los que les siguen ciegamente) tienen el ego tan inflado que creen que la razón les asiste en todo lo que hacen y que jamás lo hace a quienes le contradicen? ¿Será cosa de que hay que aplastar al oponente por encima de todo lo demás? ¿Quizá la cosa tenga que ver con complacer a un determinado sector social para hacerse o mantenerse en el poder, a toda costa? ¿O más bien que el ser humano es de natural egocéntrico y creemos que debemos estar bajo la luz de los focos siempre, a pesar de que no tengamos razón, digamos tonterías o no escuchemos a los demás? Me inclino a pensar que un poco de casi todo y un mucho de la última razón.

 

Tiendo a pensar que con un poco de diálogo y voluntad de avenimiento nos iría mejor en todos los aspectos. Pero como hacemos oídos sordos al diálogo así nos va. A la hora de redactar estas líneas las cosas entre las dos Coreas están tensas, quién sabe si cuando las leáis haya una nueva guerra en marcha, la peor de las soluciones a los desacuerdos y el mejor ejemplo del estratosférico ego de algunos dirigentes. Andrés Montes solía decir porque la vida puede ser maravillosa. En casos como estos, la vida sólo puede calificarse de lamentable. Como mínimo.

 

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