Carta a Javier Marías

9 11 2010

Valladolid, 5 de noviembre de 2010

 

Estimado señor Marías:

 

Permítame la osadía de dirigirle a usted esta misiva en busca de una respuesta que tal vez no sepa, o quiera, o no tenga tiempo de darme. Sé que no soy uno de sus adeptos más incondicionales, pero leo sus artículos con notorio placer, además de compartir título de licenciatura. Así pues, me dirijo a usted en calidad de seguidor, y de recién licenciado a filólogo veterano.

 

 

Hace ya unos meses que tuve la oportunidad de leer Lo que no vengo a decir, una colección que sus lectores agradecemos, aunque usted se vea a sí mismo como un plasta, cosa que dista y mucho de ser. Disfruté de todos los textos recopilados en mayor o menor medida, pero me llamó la atención de forma especial el llamado Anímense. Si bien es cierto que no es la primera vez que usted trataba el tema, éste me atrajo porque es la exhortación más clara, a mi entender, que hace usted para que la gente acudamos a las urnas cuando toca. Además viene a cuento porque, aunque no me toque votar ese día, ya hay fecha para las elecciones catalanas (incluido el problema con el Clásico, que usted y yo veremos apoyando a un bando distinto), lo que me recuerda que no dentro de demasiado llegarán las municipales y autonómicas en la mayoría del territorio español.

 

La cuestión es que, si bien entiendo los argumentos que usted hace a favor de votar y de la irresponsabilidad que supone el no hacerlo o hacerlo en blanco, no soy capaz de decidirme a ejercer mi derecho a acudir a las urnas, al menos de cara a las elecciones generales. Y tampoco soy muy entusiasta con las autonómicas y municipales, aunque en este caso el motivo es ligeramente distinto. Pero iré por partes.

 

Usted propone que, en caso de no tener una opción definida, votemos a quien nos caiga menos mal, o nos de 98 o 99 patadas en lugar de 100, pero que votemos. El problema es que en el panorama político actual, a nivel nacional, no existe ningún partido que me de esas 98 o 99 patadas en lugar de las 100 que me producen las agrupaciones mayoritarias del Parlamento. Confieso que por simpatías voté en las pasadas elecciones al PSOE, pero la cantidad de errores que están cometiendo y su incapacidad absoluta para solucionar la crisis económica que nos asola me lleva a negarles mi voto. En cuanto al PP, la idea de apoyarles me da tanta (o más) repulsión. El que políticos acusados de corrupción cuenten con el beneplácito del partido, su falsa sensación de unidad en los congresos centrales cuando sabemos que sus miembros están a la greña, y sobre todo, que sus medidas no van a beneficiar al españolito de a pie, sino a los poderosos, me dan ganas de cantarles ese estribillo que la banda Helloween cantaba allá por 1998: Do you really think we’re that blind? Don’t spit on my mind!

 

En cuanto a opciones minoritarias, la cosa tampoco anda muy bien. Izquierda Unida hace tiempo que dejó de ser una alternativa firme, su política apenas tiene peso debido al actual sistema de reparto de escaños, y no encuentra un líder que haga retomar ese poder perdido. UPyD sigue siendo la misma incógnita que en 2008, no ha tenido tiempo de desarrollarse lo suficiente para que su voz se haga notar, menos aún con un único escaño y el nulo tiempo que recibe en los medios, esencial para llegar al ciudadano (me pregunto cuánta gente se acuerda o se acordará de ellos) La extrema derecha con su furibundo racismo y su política de Dios, Patria y Rey no es válida parta un ateo, no nacionalista y republicano (no activo). Los partidos nacionalistas también quedan descartados, pues ya he dicho que no me considero nacionalista, a mi modo de ver son gente que antepone la patria a la persona y yo entiendo que ha de ser al revés. Los partidos de extrema izquierda, si bien cuentan con un mensaje más solidario que los demás, suenan demasiado utópicos en un mundo tan corrupto como el nuestro. Finalmente, existe la opción del partido del Cannabis, pero más allá de la legalización de dicha sustancia, no veo otros proyectos de gobierno.

 

A las elecciones municipales si tengo pensado acudir, aunque tengo mis reservas. La razón es fácil, estoy bajo el gobierno del tristemente famoso Javier León de la Riva. Sus recientes andanzas y los 16 años que lleva en el poder sus razones suficientes para acercarme hasta las urnas. Mas mis dudas proceden del partido opositor. Con lo desastroso que está siendo su gobierno, me pregunto si serán capaces de hacer las cosas bien a nivel local. Además, uno tiene la impresión de que su voto no servirá, pues mucha gente desconoce la alternativa al actual alcalde, lo que unido al ya citado mal gobierno y a la tendencia conservadora de la mayoría de mis conciudadanos invita más bien al pesimismo. La misma situación puede aplicarse sin muchos problemas al gobierno autonómico de Castilla y León.

Así pues, ante este panorama yermo y desolador, pocas o ninguna razón encuentra uno para la esperanza, para cumplir con un deber cívico del que otros muchos carecen, una oportunidad por la que muchos lucharon cuando no era posible. Los actuales políticos, a todos los niveles, provocan en mí una inmensa desidia, una falta de motivación tal, que no soy capaz de decidir a quién entregar mi voto cuando llegue el momento. Si queda algún político honrado, que quedará, no lo conozco o no podré votarlo. Durante los casi 35 años que llevamos de democracia moderna, los que han pasado por el poder se han dedicado a convertir las cuestiones de gobierno en un circo de cerdos, que diría Bob Dylan. El parecido de una declaración de uno de nuestros representantes con la de un famoso de medio pelo que pululan en la infumable prensa del corazón es tal que uno no puede más que mostrar repulsa. No es de extrañar el resultado de aquella encuesta (mal hecha) que llevó a cabo Telecinco y en la que convertía a Belén Esteban en la teórica tercera fuerza electoral. Refleja bien dos cosas: el hastío que nos provocan nuestros políticos y la falta de criterio de los electores al avenirse a dar apoyo a semejante esperpento (tal es la insistencia que tenemos, y admito mi parte de culpa, en darle pábulo a esta mujer me hace pensar que los españoles padecemos de una neurosis, o tal vez una psicosis, no estoy seguro).

 

Terminaba usted el artículo citando a Faulkner: Entre la pena y la nada, elijo la pena. Uno que es de natural pesimista, en cambio escogería la nada, esa nada a la que aludía Hemingway, en español, en A clean, well lighted place. Estoy en el punto de abrazar aquella máxima del punk, el No future, pues soy incapaz de ver algo bueno en las promesas de los que nos gobiernan o aspiran a hacerlo. Sé que usted ni es un mago ni un genio de la lámpara, que no tiene soluciones escondidas debajo de la manga, pero quizá pueda dar con una idea que, al menos estimule mi apatía política. Porque a día de hoy, siento más ganas de ser un irresponsable político y dejar la elección en manos de otros que hacer que se oiga mi voz, aunque sea un poco. Quizá lo que ocurra es que piense que tenemos lo que nos merecemos y no otra cosa, y que nos está bien empleado. Que en el fondo me da igual lo que nos pase, porque tengo el deseo de abandonar una tierra que ahora mismo encuentro ingrata, y que se apañe el resto como pueda. Pero mientras siga aquí, tengo una responsabilidad. Solo que con los cantamañanas, patanes ineptos y corruptos que pueblan la política, no puedo, moralmente, cumplir con dicha obligación.

 

Sin otro particular, y esperando que todo le vaya bien, se despide de usted.

 

Miguel Cornejo.

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