Rapsodia en Agosto

24 10 2010

“Los hombres son incapaces de juzgar aquello que no se puede castigar, incapaces de castigar aquello que ha resultado ser imperdonable.” Hanna Arendt.

Una frontera, sea ésta territorial o no, es siempre simbólica: representa un límite. Todo límite es una puesta en relación con aquello que queda del otro lado (no necesariamente como excluido). Las relaciones de frontera siempre han supuesto aduanas por las que se filtra aquello que se deja pasar y aquello que se deja fuera. Toda relación fronteriza es una relación de alteridad. La puesta de límites es antes que nada una delimitación ante lo “otro”.

En esta ocasión no hablaré de problemas fronterizos en relación al territorio o en relación a otra cultura. Quizás los asuntos de la “memoria” -histórica o no-, son también asuntos de fronteras, y es en ésto donde me gustaría poner una aduana para que reflexionemos un poco… Lo recuerdo, fue hace diez años aproximadamente cuando ví esta película junto a mi hermano mayor (a modo de broma estoy parafraseando el inicio de “Funes el memorioso”, de Borges). Al iniciarla, no sabíamos bien de que iba, pero tras terminarla, la conversación de lo que habíamos visto fue casi una obligación. No hablaré de aquella conversación, en esos tiempos tenía las cosas más claras que ahora (sabía mucho menos cosas y sin embargo, creía estar muy seguro de todas).

Rapsodia en Agosto*

I Nota Preliminar.

La película de Akira Kurusawa es un ejercicio de memoria histórica que intenta aproximarse críticamente a la historia actual de una sociedad que ha perdido relación con su historia reciente y con la memoria de aquellos que han sido el cuerpo vivo de un acontecimiento que no deja de pasarles: “el holocausto nuclear en Nagasaki”.
El progreso, la reconstrucción y la modernización por el que Japón se constituyó como eje de influencia capitalista en Asia penetró la cultura tradicional de este país (no hay que olvida el interés geopolítico para los Estados Unidos y el peligro que representaba Mao en China). Como sabemos, la transformación de los sistemas productivos tuvo éxito (para Estados Unidos) en la medida en que se supo leer por una parte, aquellas estructuras simbólicas que componen la cultura nipona (y de las que se sirvió: especialmente las relativas a la disciplina), y por otra, la seducción que representa un sistema como el Capitalismo al ofrecer “variedades” y al igualar la libertad de consumo con las libertades y garantías políticas (poder transformador de sociedades estamentales).

II La película como lección.

La película de Akira Kurosawa nos cuenta la historia de una abuela que es sobreviviente del holocausto nuclear de Nagasaki, las reacciones de ésta frente a la inminencia de tres acontecimientos: el 45° aniversario de la bomba de Nagasaki. El aniversario del fallecimiento de su esposo a consecuencia de la bomba (cosa que dá mas carga simbólica a la celebración). Y el reencuentro con un sobrino japones/americano nacido en Hawai. A estos tres acontecimientos se le suma la contigencia de estar cuidando a sus nietos mientras su familia se encuentra visitando a la parte de la familia que es estadounidense…
Mientras los nietos se encuentran en casa de la abuela, y dada la seducción que les sugería ir al Japón, ellos comienzan a incitar a la abuela para ir a ver a la familia en Estados Unidos. Las resistencias de la abuela no son un mero capricho, narran un gesto que su familia parece no comprender. Y no comprenden porque no han entrado en relación con su abuela, con el dolor que ella porta, y con una cicatriz que grabó a fuego a toda una generación… Decía Nietzsche: “Para que algo permanezca en la memoria se le graba a fuego, sólo lo que no cesa de doler permanece en la memoria.” Ahora bien, la dimensión por la que se expresa la memoria no necesariamente es la Historia (como disciplina), pues no siempre es el testimonio, la representación verbal… El cuerpo, los gestos y la expresión facial son portadoras de memoria. La entrada en relación con el dolor, aquello por el que nos paralizamos afectados por el pavor, no debe ni puede expresarse únicamente por un relato de los acontecimientos. Porque acontecimientos como el holocausto nuclear, los campos de concentración, etc. son sobrepasados por la carga de contenido con que marcan a los que lo padecen: la Humanidad en su conjunto. Si comencé a escribir todo esto citando a Arendt, es precisamente por eso, porque los asuntos del Derecho distributivo de penas son excedidos por la Justicia. Si la memoria tiene algo que decirnos en tiempos como los nuestros, donde lo nuevo ya es viejo, si algún valor tienen para nosotros acontecimientos que han marcado a nuestros padres y abuelos, es porque la victoria de quienes cometen injusticias no está tanto en vencer, sino que en olvidar aquellos crímenes por los que debiéramos todavía espantarnos. Estos hechos se repiten hoy en día con otros nombres… Como dice la abuela que protagoniza la película:

¡Basta! […] ¿Que hay de malo en decir la verdad? ¡Estúpidos! Ellos lanzaron la bomba y les molesta que se lo recuerden. No hace falta que lo recuerden, pero no tolero que finjan ignorarlo. Afirman que la lanzaron para poner fin a la guerra. Eso sucedió hace 45 años ya, pero no han puesto fin a la guerra. ¡La guerra sigue matando a gente! ¡Al final es culpa de la guerra! El hombre es capaz de hacer lo que sea para ganarla. Tarde o temprano acabará destruyéndonos a todos.

Dejo inconcluso el texto porque mi interés está en hacerles reflexionar… Todo cuanto pueda decir estará demás, porque ya no me corresponde a mí. Cada uno puede terminar este artículo como quiera.

Nota * Rapsodia en Agosto está incluída dentro programa obligatorio de enseñanza en Japón.

Artículo creado por Nacho.

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