Extraños en nuestra generación

24 08 2010

Andaba yo el otro día escaso de ideas para la habitual cita semanal con la Torre, pero me volvió a salvar la observación del entorno. Más concretamente, el último artículo de mi hermano, y el comentario de un colega blogger, habitual seguidor del Bastardo y del blog de nuestra revista. Y aquí me tenéis, contando las ideas que me inspiró el texto de mi hermano.

Según la última entrega bastardil (en el momento de redactarlo la última, penúltima ahora), la generación de niños y adolescentes que vivieron la explosión de los videojuegos y videoconsolas tiene un manejo y dominio de las mismas alucinante, y ha disfrutado  (y disfruta) de una serie de títulos clásicos a los que ha dedicado incontables horas de su vida. ¿La excepción? El autor del texto, y por ende, el abajo firmante. Nosotros no hemos tenido videoconsola propia, más allá de la típica maquinita de Tetris con un solo juego. Pero ni las viejas Nintendo o Sega, ni las recientes Playstation o Wii han pasado por nuestras manos como propias (prestadas una Game Boy Color y una PSP).Y pese a tener ordenador, tampoco hemos jugado demasiado (una nota personal: puede que en las nuevas versiones de Need For Speed haya opciones de tuneo y esas pijaditas, pero ninguna como el Need for Speed Porsche 2000). Y nuestro colega de blog apuntaba también su poca paciencia con los videojuegos, y las actividades al aire libre.

Nunca he jugado a éste, y sé de uno que me va a cortar las pelotas

Uno no puede evitar compararse con sus consabidos autores favoritos, que vivieron situaciones semejantes (Quien esté hasta los huevos de leer citas de Reverte y Stephen King cuenta con mi beneplácito para saltarse este párrafo). Tanto King como Reverte cuentan que ellos no tuvieron televisión en sus casas hasta los 11-12 años, y que la lectura de libros infantiles y cómics suplió el hueco que dejaba la gran pantalla. El americano cuenta que uno de sus primeros cuentos fue una reescritura del tebeo de guerra Combat Casey, lo que no hizo mucha gracia a su madre, quien le animó a escribir uno propio. El cartagenero por su parte prestaba sus tebeos a sus amigos, que acudían a su casa como si de una biblioteca se tratase, hasta el punto de que los citados tebeos acababan destrozados y remendados de tanto leerlos. De paso le tira una pulla a Javier Marías, diciendo que sabía que ambos leían las aventuras de Guillermo Brown, pero en cuanto a otros gustos tebeísticos no sabía si Marías leía los mismos que él o se dedicaba a Shakespeare desde su más tierna infancia.

Yo también dedicaba mucho tiempo a leer en lugar de estar aferrado a la videoconsola. A eso contribuía el que la cuenta infantil que tenía en el Banco Santander te regalara un libro cada vez que ingresabas (si no recuerdo mal, era un mínimo de  2.000 pesetas). Pero sin duda el regalo que más he agradecido fueron mis copias de La isla del tesoro, y sobre todo, Los tres mosqueteros que me regalaron una navidad. La novela de Dumas tiene el lomo roto, y todavía soy capaz de citar pasajes enteros y seguir riéndome con los mismos pasajes, comentados una y otra vez. A los 14 obtuve el tan ansiado carnet de adulto de la biblioteca, y muchas de mis lecturas han sido gracias a los servicios prestados por la misma durante incansables e incontables años. No niego que también he tenido mis rachas de estar todo el día pegado al PC o aprovechando las consolas prestadas, pero le debo mucho a la lectura y al no haber estado horas y horas delante de una pantalla.

Además de eso, no hay que olvidar que hay otras actividades de las que no hay que privarse cuando se es crío. El jugar en la calle o en el patio del colegio con los colegas, el corretear por todos lados, el ir a los toboganes de los parques es también parte de una infancia que no ha de quedar supeditada a la pantalla y al mando. No se me olvidan esos megapartidos de fútbol después de clase, en el patio del colegio, con equipos de montones de jugadores e incluso la opción de prescindir de una (o las dos) líneas laterales y respetar sólo las de fondo. O bajar a jugar a las canchas de baloncesto que hay cerca de mi casa, o en la plaza junto al colegio privado de mi misma calle, donde echábamos unos partidos de fútbol brutales y teníamos unas peloteras infernales con el dueño del bar cada vez que la bola molestaba a los de las terrazas. Por no hablar de la canasta que teníamos encima de la puerta de la habitación 8unida a la pared con tacos y tornillos) y los legendarios partidos de baloncesto que jugamos (mi hermano y yo en equipo contra mi padre). Hace poco le decía a mi sobrino de ocho años que los toboganes de mi época no eran tan cojonudos como los nuevos del Campo Grande, unos tubos llenos de curvas para unas bajadas de vértigo. Y como la idea de tirarnos los dos a la vez (cosa que hicimos) le parecía un poco locura, nos lanzábamos diciendo: ¡Es una locura! ¿Una locura? ¡Esto es Espartaaaaaaaaaaaaaaaa!

Owen contaba que una vez metió, en el patio del colegio, un gol mejor que su famoso tanto de Francia 98

La conclusión a la que quiero llegar es que hay que saber equilibrar. No niego que, como a mi hermano, me gustaría tener un poco más de habilidad en los videojuegos y que no me machacasen de continuo las pocas veces que juego con otra gente, pero que tirarse horas y horas encerrado en la habitación jugando al Final Fantasy no es bueno. Ni tampoco hacer lo mismo con un libro. Vidas sólo tenemos una y hay que aprovecharla, cuantas más experiencias, mejor. Por eso, aunque no encaje del todo con la gente de mi generación no es algo que me preocupe en exceso, pues no cambio mis vivencias, buenas o malas, por la adicción a la Play. Y qué demonios, pensar que tengo algo en común con mis escritores favoritos (ellos no tuvieron tele, yo no tuve consola) hace que me pregunte si llegaré lejos como ellos. Soñar es gratis. Y se sueña con un libro, con una peli, con un juego o con los amigos jugando al fútbol. No os privéis de ninguno de ellos.

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2 responses

28 08 2010
Álvaro Rojas

Gran articulo, me ha encantado.

Es una pena, pero es cierto que hay jóvenes a día de hoy que no saben lo que es el haber pasador largas tardes de verano jugando en el parque o dando vueltas en bici. Personalmente, conozco casos de chavales, que se han perdido y se pierden acutalmente, muchos de los encantos que tiene la vida. Hay un caso en concreto, de un chico que conozco, que aún habiendo salido conmigo muchas muchas veces, al cine, a pasear, a cenar fuera, ha decidido (sin ningún motivo aparente), encerrarse en casa y no separarse del WOW y demás juegos para PC. Hasta el padre me ha llamado en tres ocasiónes para pedirme que vaya a su casa y saque a su hijo de allí. Lo hago, sin problemas, pero ya me he cansado. Él es ya mayor, y sabe lo que hace. No voy a estar tirando de él como si fuese un crío pequeño.

Qué triste.

Un abrazo.

Álvaro R.

29 08 2010
mikemarlowe

Buenas:

Pues ya ves, sí que es triste. Aunque a un colega de Full hace que no le veo… También hay que sacarle a rastras.

Bro, ¿qué es del Rafa?

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