LJGA (Liga de la Justicia GA)

30 08 2010

Introducción:

Para los que no juguéis a ManagerZone, he de aclarar un par de cosas con respecto a este artículo. Recientemente he sido nombrado GA (Game Assistant), encargado de vigiliar el cumplimiento de las normas del juego en distintas facetas. La idea de este relato de ficción surgió de mi primera actuación como GA, y de que me estaba (ya lo terminé) leyendo Hitman de Garth Ennis, donde sale mencionada (y criticada) la JLA, de ahí este texto. Hay referencias a diversos miembros del juego que seguramente no se comprendan, siempre se puede preguntar. Lo que sí se me ha hecho notar es que el gato que se menciona en la segunda línea es de Schrodinger, no de Heisenberg. Lo mantengo para poder meterle una pulla al personaje que lo dice. Espero que, pese a los inconvenientes, disfrutéis del relato.

I

–   No va a funcionar.

–   No lo sabes. Es como el gato de Heisenberg. Si no abres la caja no sabes si está muerto.

–   Es un psicópata, me niego a trabajar con él.

–   Está de nuestro lado.

–   ¿Tú le has visto manejar el banhammer?

–   Sí. Por eso la gente le respeta. Contundente con el enemigo, defensor del usuario de bien.

–   Haz lo que te dé la gana. Si la pifias es responsabilidad tuya. Yo no quiero saber nada.

II

Suena el timbre. Raro. Casi nadie sabe dónde estoy, y el que lo sabe avisa previamente. Huele mal. Puedo no abrir, pero aun así cojo el 45. Hice instalar una cámara. Veo quién es. Y a quién ha traído. No me gusta nada. Hablo por el interfono:

– ¿Por qué coño no has avisado Mr. Elvorand?

–  Porque no tenía intención de venir.

–   ¿Es quien creo que es?

–    No, es Houdini venido del otro mundo – sarcasmo innecesario.

–   Entrad.

Suben. Voy preparando el equipo necesario. Siempre tengo el equipo de contingencias listo pero esta vez me va a dar tiempo a llevarme más cosas. Según entran por la puerta, estoy cargando el fiel banhammer en mi petate.

–   ¿Qué haces?

–   Largarme. Ahora que Bat Garrick sabe donde vivo he de buscarme otro refugio.

–   Tranquilo – dice Garrick con voz conciliadora – tenemos que hablar.

–   No sin un abogado.

–   No vengo a eso. En serio. ¿Podemos pasar?

Gruñido afirmativo. Se sientan y me veo obligado a ofrecerles algo Por fortuna rehúsan, no tengo ganas de preparar nada. Me siento y espero a que digan algo.

–   Bien, ¿vamos al grano?

–   Sí, no me gustan las visitas.

–   Un par de los miembros de la LJGA  lo dejan. Queremos que te unas al equipo.

Me lo quedo mirando. Bat Garrick es el MA de por aquí. No, no significa Mala Actitud, sino Maestro Asistente, el nombre pijo para jefe de policía. La LJGA es un grupito de superhéroes que se dedican a la paz, la justicia y el amor en el mundo MZ. Al menos de nuestra zona, ya que creo que existe una LIJGA (Liga Internacional de la Justicia GA) Lo del GA creo que es para disimular. Para no llamarse GEO’s, que tiene connotaciones negativas. Una pandilla de niñatos con superpoderes. Justo mis favoritos. Así que la respuesta está clara:

–                No.

–                Se te da bien el trabajo de la Fuerza de Ataque. ¿Por qué no ir un nivel más lejos?

–                ¿Tú has visto qué cara me pone La Masa cada vez que me ve?

–                Tragará. Se la pone a todos los nuevos.

–                He oído cosas. Como que me va a aplastar si alguna vez me cruzo con él.

–                Sabe que eres bueno. Además, después del entrenamiento tendrás no sólo el banhammer, sino el martillo interdimensional.

–                ¿Ése con el que machacáis al enemigo y lo mandáis a un vacío infinito?

–                El mismo.

Me lo pienso. Siempre he querido probar el jodido martillo. Tiene que ser una pasada. Y es de uso limitado. Pero no me gusta contar con una única arma.

–                Quiero poder llevar todo mi arsenal. Si no, no hay trato.

–                Puedes llevar lo que te dé la gana

–                Y como se queje La Masa, voy fuera.

–                Tranquilo. No se quejará, y si lo hace no lo oirás.

–                Hecho.

–                Bien. Te incorporas mañana a primera hora. Firmamos el contrato, te presento a los chicos y empiezas.

–                Vale. Y ahora si no os importa, marchaos. Tengo que prepararme.

Se largan sin quejas ni protestas. Me dan la mano y me quedo solo. Aún quedan horas, pero necesito mentalizarme, entrenar y dormir.

III

Veamos. Reviso el equipo. Dos 45. AK. Cuchillos. Granadas. Banhammer. Camiseta negra con calavera blanca. Gabardina. Pantalones. Botas. Gafas de sol. Munición. Sí, creo que estoy listo.

Llego puntual. Aún así, Garrick espera. Junto a él un tipo al que conozco de vista. Me lo presentan como el nuevo fichaje. Muy acertado, aunque desconozco los superhabilidades del tío. Se hace llamar opera_singer. Yo le llamo Enrico Caruso. Fue analista de Bolsa para el periódico local, por lo que ahora le harán rastrear posibles chanchullos. Es bueno, pero parece acobardado por mi presencia.

Pasamos al edificio principal. Una recepcionista con la misma vida que un recién enterrado saluda al grupo con un vago ademán. Dos tipos delante de un detector de metales me echan su mejor mirada de “Pásate un pelo y te freímos, cabrón” mientras se disponen a bloquearme el paso. Garrick niega imperceptiblemente. Me dejan. He de admitir que el tío tiene clase. Montamos en un ascensor mientras me preparo para el recibimiento. Ni dos horas de boxeo y ejercicio físico han hecho que libere la tensión de la visita de anoche y la idea de este momento.

Lo sabía. En la entrada, La Masa y La Cosa. Los tipos de últimas voluntades. Ya puedes conformarte con lo que te dan. Y la gente se acojona y lo acepta. No me extraña, con la pinta que tienen. Ambos me dan la mano, sin decirme nada y mirándome a los ojos. El Rostro de Ariel La Cosa es inescrutable. David la Masa Manson en cambio no deja de transmitir odio con su mirada. Por suerte para él, dejé de tener la telepatía de Hitman, del que sólo conservo la habilidad del manejo de armas. Más cordiales se muestran los detectives, aunque no mucho. Son como Starsky y Hutch con poderes extraordinarios. El uno, le0, detecta a los malos con su mirada de rayos X, el otro, Rafa, los envuelve en su Spider-tela de araña. Hay uno que no sé a qué se dedica, el tal Sargothy. Al menos ha tenido la decencia de no sacarme sus garras de adamantium. Al que no he visto es al que llaman Hornet (a saber por qué), creo que es la versión masculina de Susan Storm, la mujer invisible.

Una vez me han presentado a casi todos, Garrick me conduce a mi despacho. Compartido. Me presentan a Apollo Carmona. No me parece mal, mientras haga su trabajo y me deje en paz. Lo que no sé es por qué no está su amor Midnighter.

Seguirá en The Authority. El jefe me enseña un ordenador encendido y dice:

–                Ahí tienes tu trabajo.

–                ¿Contestar mensajes? ¿Ahora voy a dedicarme al consultorio de la señorita Pepis?

–                Primero tienes que ganarte nuestra confianza. Además necesitas el adiestramiento previo. Y no hay nadie libre hasta dentro de unos días.

–                Cojonudo. La próxima vez que me la metas doblada desaparezco después de clavar tus pelotas en una pica.

–                Será digno de ver cómo lo intentas. Al trabajo.

Se larga sin más. Me quedo mirando la pantalla de ordenador. Al final me rindo y le digo a Apollo:

–                ¿Sabes cómo funciona esto?

IV

Estoy harto. Llevo horas aquí respondiendo consultas absurdas. Hay algunos que necesitan que les sujetes la chorra mientras mean o son incapaces de apuntar dentro. Tengo el culo cuadrado y los músculos entumecidos. Paso de todo. Apago el ordenador y me preparo para salir. Nadie se opone, excepto La Cosa:

–                ¿Adónde vas?

–                Fuera. Necesito acción.

–                Aún no tienes el adiestramiento.

–                No lo necesito. Tengo un montón de armamento por si no te has dado cuenta.

–                Hay enemigos a los que no te puedes enfrentar con esas armas.

–                Tranquilo, si tengo problemas, te silbaré.

–                Llévate uno de estos – me lanza un aparato – recoge tus mensajes de voz y los transmite vía mail a los miembros y como mensaje telefónico, tanto de texto como de voz. Primero graba un mensaje con tu voz para que te identifique.

–                Interesante. Mañana os veo.

Dos horas. Todo quieto. Una noche mala para la acción. He visto a varios de la Fuerza de Ataque. Nos hemos saludado como de costumbre. Nada de cháchara inútil. Cada uno sigue su camino. Hasta que suena una alarma. Corro hacia el lugar, pero la FA se ha encargado de ello. Banhammer y listo.

–                ¿Qué era?

–                Un chantajista de la Mafia. Dona X y tendrás superpoderes. Martillazo y fuera.

–                ¿Clon?

–                No lo sé, pero podría. Hay rastros de algo.

–                Déjamelos.

Me acerco al lugar de los rastros. No he visto nunca uno, pero parecen proxys. Se está camuflando para entrar en la dimensión MZ. Todo apunta a un clon. Anoto los datos y los guardo. Puede que La Cosa tenga razón y esto esté por encima de mis habilidades. De momento.

Me he metido en la Zona Internacional. Es el lugar donde conviven los diversos sectores del mundo MZ. Apenas entro cuando lo veo. Un tipo feo, gordo, con un cartel de publicidad fraudulenta. Me ve. Intenta escapar. Un 45 vuela el cartel. El banhammer hace el resto. Me agacho a examinar lo que sobra. No me puedo creer lo que veo. Tendría que comprobarlo si hay un tercer asalto, el cual no tarda en llegar, por la misma zona. Oigo la alarma y el inconfundible impacto del banhammer. Corro. Me han dejado las pruebas. Premio. No está cambiando de forma, sólo de antifaz. Hace falta ser idiota. Cazarle será un juego de niños. Aunque de momento no será cosa mía.

Hay dos ataques más y confirman el patrón. Recopilada toda la información, abro el transmisor y mando un mensaje:

–                Tenemos un clon, publicidad fraudulenta. Camuflaje por proxy. Ha dejado huellas muy evidentes. Os paso los datos y me piro.

El informa va para el equipo completo. Incluso se me ocurre incluir al gran jefazo, Thor Wenseslao. El tipo viene del sector norte, aunque sé de buena tinta que le pirra el pulpo a la gallega. No creo que aparezca, pero tiene poder suficiente para hacer el trabajito. Aunque lo más seguro es que lo considere nimiedades para gente de baja categoría. Bastante tiene él con el gobierno de la dimensión. Seguro que es otro capullo estirado.

V

Hay sorpresa al llegar al curro. Visita. Ni más ni menos que el pez gordo. Supongo que querrá hablar conmigo. Está al lado de Bat Garrick. Tal como presumía parece un pijo estirado, con músculos y un martillo. Supongo que Mjollnir. Pura fachada, esa arma se maneja casi sola, los bíceps son para fardar. Habría que verlo en un uno contra uno, ambos desarmados. El fulano me da la mano y me dice:

–                Gracias por el informe, me he encargado personalmente del tema.

–                ¿Ah sí? ¿No habrá sido una molestia?

–                ¡Al contrario! ¡Hacía siglos que no lo hacía, me ha sentado de miedo!

–                Entonces, ¿por qué no invita a un pulpo na feira con unos padrones y un Martín Códax?

El jefazo se descojona:

–                Ya veremos, ya veremos. – y se aleja con Garrick.

Es extraño. Quizá me haya precipitado al juzgar al sujeto. Al menos de primeras parece simpático. Y quién sabe, podría ser un poderoso aliado. Sin embargo, la voz de La Masa me saca de mis cavilaciones:

–                No te fíes de él, le encanta aparentar. – y se larga.

Qué críptico. Mi cerebro vuelve a su estado de alerta. Aún no sé dónde me he metido. Sólo espero que no me tengan todo el día contestando correos. No soy el teléfono de la esperanza.





Extraños en nuestra generación

24 08 2010

Andaba yo el otro día escaso de ideas para la habitual cita semanal con la Torre, pero me volvió a salvar la observación del entorno. Más concretamente, el último artículo de mi hermano, y el comentario de un colega blogger, habitual seguidor del Bastardo y del blog de nuestra revista. Y aquí me tenéis, contando las ideas que me inspiró el texto de mi hermano.

Según la última entrega bastardil (en el momento de redactarlo la última, penúltima ahora), la generación de niños y adolescentes que vivieron la explosión de los videojuegos y videoconsolas tiene un manejo y dominio de las mismas alucinante, y ha disfrutado  (y disfruta) de una serie de títulos clásicos a los que ha dedicado incontables horas de su vida. ¿La excepción? El autor del texto, y por ende, el abajo firmante. Nosotros no hemos tenido videoconsola propia, más allá de la típica maquinita de Tetris con un solo juego. Pero ni las viejas Nintendo o Sega, ni las recientes Playstation o Wii han pasado por nuestras manos como propias (prestadas una Game Boy Color y una PSP).Y pese a tener ordenador, tampoco hemos jugado demasiado (una nota personal: puede que en las nuevas versiones de Need For Speed haya opciones de tuneo y esas pijaditas, pero ninguna como el Need for Speed Porsche 2000). Y nuestro colega de blog apuntaba también su poca paciencia con los videojuegos, y las actividades al aire libre.

Nunca he jugado a éste, y sé de uno que me va a cortar las pelotas

Uno no puede evitar compararse con sus consabidos autores favoritos, que vivieron situaciones semejantes (Quien esté hasta los huevos de leer citas de Reverte y Stephen King cuenta con mi beneplácito para saltarse este párrafo). Tanto King como Reverte cuentan que ellos no tuvieron televisión en sus casas hasta los 11-12 años, y que la lectura de libros infantiles y cómics suplió el hueco que dejaba la gran pantalla. El americano cuenta que uno de sus primeros cuentos fue una reescritura del tebeo de guerra Combat Casey, lo que no hizo mucha gracia a su madre, quien le animó a escribir uno propio. El cartagenero por su parte prestaba sus tebeos a sus amigos, que acudían a su casa como si de una biblioteca se tratase, hasta el punto de que los citados tebeos acababan destrozados y remendados de tanto leerlos. De paso le tira una pulla a Javier Marías, diciendo que sabía que ambos leían las aventuras de Guillermo Brown, pero en cuanto a otros gustos tebeísticos no sabía si Marías leía los mismos que él o se dedicaba a Shakespeare desde su más tierna infancia.

Yo también dedicaba mucho tiempo a leer en lugar de estar aferrado a la videoconsola. A eso contribuía el que la cuenta infantil que tenía en el Banco Santander te regalara un libro cada vez que ingresabas (si no recuerdo mal, era un mínimo de  2.000 pesetas). Pero sin duda el regalo que más he agradecido fueron mis copias de La isla del tesoro, y sobre todo, Los tres mosqueteros que me regalaron una navidad. La novela de Dumas tiene el lomo roto, y todavía soy capaz de citar pasajes enteros y seguir riéndome con los mismos pasajes, comentados una y otra vez. A los 14 obtuve el tan ansiado carnet de adulto de la biblioteca, y muchas de mis lecturas han sido gracias a los servicios prestados por la misma durante incansables e incontables años. No niego que también he tenido mis rachas de estar todo el día pegado al PC o aprovechando las consolas prestadas, pero le debo mucho a la lectura y al no haber estado horas y horas delante de una pantalla.

Además de eso, no hay que olvidar que hay otras actividades de las que no hay que privarse cuando se es crío. El jugar en la calle o en el patio del colegio con los colegas, el corretear por todos lados, el ir a los toboganes de los parques es también parte de una infancia que no ha de quedar supeditada a la pantalla y al mando. No se me olvidan esos megapartidos de fútbol después de clase, en el patio del colegio, con equipos de montones de jugadores e incluso la opción de prescindir de una (o las dos) líneas laterales y respetar sólo las de fondo. O bajar a jugar a las canchas de baloncesto que hay cerca de mi casa, o en la plaza junto al colegio privado de mi misma calle, donde echábamos unos partidos de fútbol brutales y teníamos unas peloteras infernales con el dueño del bar cada vez que la bola molestaba a los de las terrazas. Por no hablar de la canasta que teníamos encima de la puerta de la habitación 8unida a la pared con tacos y tornillos) y los legendarios partidos de baloncesto que jugamos (mi hermano y yo en equipo contra mi padre). Hace poco le decía a mi sobrino de ocho años que los toboganes de mi época no eran tan cojonudos como los nuevos del Campo Grande, unos tubos llenos de curvas para unas bajadas de vértigo. Y como la idea de tirarnos los dos a la vez (cosa que hicimos) le parecía un poco locura, nos lanzábamos diciendo: ¡Es una locura! ¿Una locura? ¡Esto es Espartaaaaaaaaaaaaaaaa!

Owen contaba que una vez metió, en el patio del colegio, un gol mejor que su famoso tanto de Francia 98

La conclusión a la que quiero llegar es que hay que saber equilibrar. No niego que, como a mi hermano, me gustaría tener un poco más de habilidad en los videojuegos y que no me machacasen de continuo las pocas veces que juego con otra gente, pero que tirarse horas y horas encerrado en la habitación jugando al Final Fantasy no es bueno. Ni tampoco hacer lo mismo con un libro. Vidas sólo tenemos una y hay que aprovecharla, cuantas más experiencias, mejor. Por eso, aunque no encaje del todo con la gente de mi generación no es algo que me preocupe en exceso, pues no cambio mis vivencias, buenas o malas, por la adicción a la Play. Y qué demonios, pensar que tengo algo en común con mis escritores favoritos (ellos no tuvieron tele, yo no tuve consola) hace que me pregunte si llegaré lejos como ellos. Soñar es gratis. Y se sueña con un libro, con una peli, con un juego o con los amigos jugando al fútbol. No os privéis de ninguno de ellos.





El poder de la gran pantalla

16 08 2010

Ayer volví a recordar que cada vez odio más ir al cine. Una actividad que suele ser bastante placentera si se dan las circunstancias adecuadas se puede convertir en una pesadilla, bien porque la película sea mala, o bien porque el resto de asistentes se empeñen en dejarte ver el film en paz. Sin embargo, es algo que no dejo (dejamos) de hacer a pesar de los inconvenientes cada vez mayores, lo que me lleva a la reflexión de esta semana.

Uno de los principales inconvenientes del cine es que cada vez es más caro, y la calidad de las películas muchas veces dudosa. Además están reduciendo las posibilidades de los descuentos, que siempre era un aliciente apara ir más a menudo si la cartelera lo permitía. Pero lo que más incordia es la gente. No os aburriré con todas las anécdotas desagradables que me han sucedido en el cine, pero sí con un par de mis favoritas. Una de ayer, viendo Los Mercenarios (grande, a pesar de la ausencia de guión, pero ofrece lo que esperaba: hostias, tiros y explosiones a cascoporro), en una escena aparece un machete bastante grande. Pues bien, uno de los chavales que estaba detrás de mí gritó para toda la sala: “¿Qué? ¿Eso qué es?” Me dieron ganas de volverme y decir: “un machete, ¿no lo ves?” En serio que no sé si la gente es así de verdad o se lo hace. La otra ocasión también es muy recordada: dos días después del estreno, me volví a ver Las Dos Torres con unos amigos. En una escena antes del asedio del Abismo de Helm, Gimli (hijo de Glóin) se pone una cota de malla que le queda enorme. Teníamos una pareja al lado y se le oyó a él decirle a ella: “Es una cota de malla”. A punto estuve de replicar: “no, es un Boeing 747”.

La peli mola, pero vaya lata que me dieron viéndola

En estas ocasiones me pregunto qué demonios vemos en el cine para seguir yendo. Niños que gritan, no tan niños que también gritan, comentarios al oído que se oyen en toda la sala o mi favorito, gente que con toda la sala disponible se tiene que poner prácticamente a tu lado (una variante de la Ley del barco fondeado que contaba Reverte un día), anuncios publicitarios pre-tráilers, como si no tuviéramos bastante con todos los que nos zampamos cuando encendemos la caja tonta, u otro clásico: un cine de dos salas, un único tráiler antes de la peli… que resultó ser el de la película de la sala de al lado (no me digáis que no tiene guasa). Además, con el nuevo invento del 3D nos van a sablear que da gusto (de momento no he ido a ninguna por cuestiones de mis defectos de vista, pero ya van un par de euritos por encima de la entrada normal, en el mejor de los casos), y como se imponga para todas las películas, a apoquinar toca.

Hay que añadir también que el nivel de las películas actuales deja mucho que desear. Es posible que se tenga mitificado el cine clásico como estándar de calidad, ya que en aquella época también se hacían películas de “usar y tirar” (por llamarlas de alguna manera) y que el tiempo ha hecho de filtro y dejado en la memoria colectiva las grandes películas, pero sigo pensando que la mayoría del cine actual no resiste la comparación con el viejo Hollywood. Los actores y actrices no son mejores, los guiones no cuentan nada nuevo u original y abundan los remakes y las pesadísimas sagas. No es un tópico decir que son mejores las series de televisión que el cine en estos tiempos, es realidad. Alguna excepción hay. Y aún así ha de pasar más tiempo para que se pueda juzgar con propiedad el cine actual. Pero como nos cuenta el propio Coppola, ningún estudio daría a un director semidesconocido el presupuesto que él tuvo para El Padrino, y ningún director rodaría films tan apasionantes y violentos como los de Sam Peckinpah, por poner un par de ejemplos.

Pero cuando las circunstancias son propicias, normalmente el cine es una delicia. Tranquilidad en la sala, una pantalla grande, sonido envolvente y una película mágica que te hace olvidar durante un buen rato los problemas y asuntos del mundo exterior. Y si la cosa es buena, hasta repites, como hice yo con la trilogía del Anillo, Sin City o Gran Torino (y como mi novia quiere ver Los Mercenarios cuando vuelva, iré otra vez). ¿Y qué decir de las pelis clásicas en pantalla grande? Todavía me emociono recordando a Eastwood, Van Cleef, Volonté y Wallach partiéndolo en La Muerte Tenía un Precio y El Bueno, el Feo, el Malo respectivamente. O cómo lo borda aún más Henry Fonda en Doce  Hombres sin piedad, o el impasible rostro de Marlene Dietrich en Testigo de Cargo. En esos momentos es cuando uno recuerda por qué ama el séptimo arte.

Papelón de Fonda en "Doce hombres sin Piedad"

Así que ya lo veis. A pesar de los inconvenientes y lo mucho que me cabrean (mi novia está demasiado acostumbrada a oírme gruñir y murmurar antes de una peli) sigo sin poder dejar de ir de vez en cuando al cine. Y es que una buena peli en pantalla grande no tiene precio.





Conformistas con causa

9 08 2010

Al hilo de lo que hablaba la semana pasada sobre la prohibición de los toros en Catalunya, hay una serie de reflexiones que me dejé en el tintero, ya que harían demasiado largo el artículo, pero eran lo suficientemente jugosas para aprovecharlas en una ocasión posterior. Antes de que el tema quede demasiado lejano, y antes de que se me olvide la conversación que sirve de motor a estas líneas, esta semana toca volver sobre el asunto que ocupó la Torre anterior. Y dado que las conclusiones a las que llegamos invitan a ello, subvierto el título del legendario largometraje de James Dean, Natalie Wood y Nicholas Ray dirigiendo el cotarro.

Si James levantara la cabeza...

No recuerdo si fue el mismo día de la prohibición, por la noche, o al siguiente cuando tuvo lugar la charla. Para quienes no lo sepan, hay un canal de ManagerZone en el IRC hispano donde nos juntamos unos cuantos de vez en cuando para compartir todo tipo de impresiones. Ese día coincidí con un veterano del juego (se dice el pecado, pero no el pecador, aunque tengo su beneplácito para usar lo que hablamos ese día en este texto) y surgió el tema candente del momento, más específicamente sobre la actitud que revelaban las palabras de algunos foreros. Y la verdad es que no dejan buena imagen de algunos de los jóvenes de hoy.

Lo primero que comentaba mi partenaire conversacional fue que lo fácil que es identificar a aquellos que les han comido el tarro. Es de manual, pues repiten como loros el discurso oficial que les han enseñado y no salen de la argumentación principal, aunque les repliquen con otros argumentos: ignorarán los mismos y seguirán en sus trece, reiterando lo ya expuesto. Se comentó la falta de juicio crítico de los susodichos y yo apunté en una dirección: es lógico que la gente no lo tenga cuando la educación que se da en España no invita a la reflexión, la divergencia, el debate moderado y razonable y el respetuoso intercambio de ideas. Se te dan unos conocimientos, se te exigen para pasar un examen y fuera. Si luego te olvidas, mala suerte. Y de relacionar conocimientos interdisciplinares nada de nada, como me contó un colega recién licenciado en Historia que preguntó en un examen de segundo de bachillerato (les daba las prácticas del CAP) sobre la Guerra de Independencia: pidió a los chicos que le hablaran de los Caprichos de Goya, con un resultado nefasto. Si a eso le sumamos la propia indolencia adolescente, los infumables, verborreicos, absurdos y delirantes discursos de nuestros políticos, y los ejemplos de “debates” (por usar un eufemismo que se acerque vagamente a la realidad) que vemos en la tele, la fórmula del cóctel está completa. Qué juicio crítico cabe esperar en estas condiciones, resumía yo. Y no quedó otra que asumir la triste realidad.

El otro punto que tratamos, y que da pie al título del artículo, es que la gente joven no se rebela. Mi compañero opinaba que esta medida supone una imposición de unos (los antitaurinos) sobre otros (los pro-toros), y que a él no le gusta que le impongan. Por el contrario, a la gente más joven no parece importarle e incluso lo aplaude. Él se preguntaba dónde diantres quedó el espíritu de rebelión de la juventud. Dónde las voces discordantes. Dónde la repuesta a unos políticos que gobiernan a base de prohibiciones, como en los viejos tiempos no democráticos. ¿Por qué la gente joven no se revuelve contra el poder?, preguntaba él. Respuesta fácil, respondía yo. Lo tenemos todo, ¿para qué cambiar? Vivimos en casa de nuestros padres, por lo que no pagamos hipoteca o renta, hay techo asegurado y un plato en la mesa. Tenemos los caprichos que queremos. Nos compran la Playstation para jugar, nos pagan conexión a Internet para chorraditas varias y recibimos dinero en forma de paga para salir de fiesta o botellón con los amigos. ¿Para qué modificar un statu quo tan cómodo? Además, ya tenemos al idiota de la Torre de Marfil que nos dice de vez en cuando que la cosa está muy jodida y que poca esperanza hay de cambiar el tema. Mucha crítica de cara a la galería y no es más que otro muñeco del sistema. En suma, lo tenemos todo para ser unos conformistas con causa.

Se ha perdido el espíritu de protesta que muestra la imagen

Lo admito sin problema: antes era más contestatario y radical. Antes me hubiera cabreado, indignado y por qué no, soltado algunos eslóganes prefabricados. Pero me he vuelto un cabrón cínico (el calificativo sería un cínico hijo de perra, pero mi madre no tiene la culpa), como ya he contado. Siempre alentando a la conciencia crítica, al pensamiento racional, a la respuesta intelectual, pero nada de acción. Mucha pseudofilosofía barata y poca respuesta efectiva y tangible. El problema es que, según lo veo yo, y creo no ser el único, es que un cambio de verdad, desde la raíz, pasaría por las armas (Curioso, no sé si de forma casual o adrede, es que haya sonado hace un rato en mi reproductor una versión del Breaking the Law, Rompiendo la Ley en castellano, de los Judas Priest, a cargo de los incombustibles Mötörhead)

Y ya he manifestado que no quiero una solución violenta. La otra posibilidad es esperar ingenuamente a que alguien idee un sistema socioeconómico y político que sea una alternativa al neoliberalismo salvaje que nos rodea, como en su día el keynesianismo fue la alternativa del capitalismo de Adam Smith. Y me da que no caerá esa breva.

Así que mientras seamos una juventud acrítica y acomodada, mientras sigamos con los modelos políticos y sociales actuales, los empresarios codiciosos y los sindicatos corruptos, la situación tiene pinta de ser un círculo vicioso, o como dirían los ingleses (traducido literalmente) una situación Trampa 22 (una novela estupenda que dejé a medias, un posible tema para un futuro artículo). No nos vendría mal seguir la consigna de los Rage Against the Machine en su tema Guerrilla Radio: It has to start somewhere/ it has to start sometime/What better place tan here/What better time tan now (Tiene que empezar en algún lado/Tiene que empezar en algún momento/En qué lugar mejor que aquí/En qué momento mejor que ahora). La pregunta es ¿Qué tiene que empezar?





¿Pax Hispanica?

2 08 2010

La resaca del 11 de julio dejó en mi mente algunas conclusiones que ya reflejé por escrito en su momento. Hoy (dentro de mi marco de referencia espaciotemporal es hoy, para vosotros será como muy pronto el domingo o el lunes) viene a colación la segunda de esas reflexiones, dados los hechos acaecidos ayer. Dicha reflexión decía: (leedla entera aquí)

El domingo se dio un hecho que, en circunstancias normales, no hubiera imaginado nunca: en todo el territorio español la gente celebraba unida bajo una misma bandera, la rojigualda, sin mirar diferencias de posición u opinión. Todos los que andábamos festejando por las calles o celebrando en casa estábamos orgullosos de un país y un símbolo que normalmente trae más discordia que unidad. Se dio una lección a los señores políticos, ya que ellos son incapaces de poner de acuerdo a los ciudadanos del mismo modo en el que lo hizo la selección. Las preguntas ahora están claras: ¿es esa unidad fruto de un solo día o podría ser el principio de algo mejor? ¿Serán los políticos capaces de remedar esa misma unidad? ¿Seremos los ciudadanos capaces de dejar de lado rencillas y mezquindades y trabajar unidos en un mismo frente, el del bien común? ¿O será todo una ilusión, un espejismo fruto de la euforia y en cuanto pase la resaca de la celebración volveremos a la división, al enfrentamiento, al si yo digo blanco y tú negro nos peleamos? La posibilidad de la primera idea sería algo maravilloso, pero mi naturaleza pesimista me hace pensar que es la última pregunta la que se cumplirá.

Exactamente esa unidad ha durado 17 días contando a partir del lunes 12. Ayer volvíamos de forma definitiva a la disensión (aunque ya se intuyera de forma previa) con la prohibición de las corridas de toros en Catalunya como argumento principal, sin denostar la aprobación de las veguerías como división administrativa catalana junto a las provincias. Las reacciones no se han hecho esperar y tanto políticos como ciudadanos hemos empezado a lanzarnos los trastos a la cabeza mutuamente, en función de la opinión que se tenga al respecto. Los que defienden los derechos de los animales se han quedado con dos palmos de narices ya que la ley prohíbe las corridas y no los correbous, tradición catalana en la que se atan a los cuernos de los toros dos bolas de fuego. Con ello lo que han conseguido es que una supuesta ley pro-animal se vea como un ataque a las costumbres españolas.

Los correbous no se han prohibido

Más allá de la propia decisión en sí (yo soy de los que siguen la contradicción de comer carne y preferir que no haya corridas de toros, en mi mundo ideal no habría espectáculos taurinos y los animales morirían sin dolor ni sufrimiento), lo que me preocupa del tema es la propia incapacidad que tenemos de aguantarnos, tolerarnos y luchar juntos en una dirección. En vez de ello, no hacemos más que acrecentar nuestras diferencias y dar rienda suelta a la crítica envenenada. La idílica Pax Hispanica que me hubiera gustado que se produjera tras la victoria de la selección en el mundial (similar a la Pax Romana que impuso Augusto o la Pax Hispanica que se dio tras los tratados de finales del XVI y principios del XVII entre España y las potencias europeas, aunque es justo señalar que el título viene del capítulo de Los Soprano Pax Soprana) ha sido sencillamente un espejismo: el peso de las posturas más intransigentes de ambos nacionalismos hace que sea imposible una solución de consenso, que integre a toda España y permita la identidad propia de cada región. Pero no, la cosa está clara, se juega al todo o nada, a ver quién tiene el ego (por no decir otra cosa) más grande:

Hubo una frase en el foro que me llamó la atención, y es que según un catalán (y sospecho que habrá quien piense igual pero a la inversa) dice que quizá no se separen, pero cuanto más lejos mejor. Y yo, según mi experiencia, es algo que no entiendo. Siempre cuento dos historias opuestas sobre Barcelona: yo he estado tres veces y jamás me tenido malas miradas, ni comentarios despectivos por ser de Valladolid. Todo lo contrario, me han tratado como a un rey. Me han llevado de turismo, me han invitado a un restaurante de nivel, se han molestado en acompañarme de frikicompras, incluso me acogieron unos colegas en su casa cuando me fui a ver a Satyricon (gracias Alex y Laura). Cuando me han tenido que hablar en castellano lo han hecho sin ningún problema (y si lo había, se han guardado de demostrarlo delante de mí). Incluso un dependiente de El Corte Inglés me dejó a cuadros cuando le pregunté si tenían el clásico del gore-comedia Braindead de Peter Jackson y él me dio el subtítulo de la película para orientarse mejor:

¿La de “Tu madre se ha comido a mi perro”?

-(Yo) ¡¡Esa!! (Mientras pensaba para mis adentros ¡¡En el Corte Inglés de Pucela eso  no te pasa!!)

En cambio uno de mis primos contaba un día que el dependiente de un kiosko que estaba cerca del hotel donde se alojó una vez se negaba a hablar castellano, haciendo como que no entendía. El último día de su estancia, mi primo, harto ya, estableció esta conversación:

¿Tu entiendes lo que te digo?

-(respuesta en catalán que no recuerdo)

A lo que mi primo replicó:

¿Y si me cago en tu puta madre me entiendes?

Al tipo no le quedó más remedio que asentir. Eso sí lo había entendido, y muy bien.

Y esto es lo que me come el tarro. ¿Por qué diantres a mí me trataron bien y a mi primo no? ¿Qué tengo yo de especial? Vale, yo iba con amigos, pero también traté con desconocidos y sin pega alguna. Una vez entramos a un estanco para comprar tabaco y preguntar por una dirección (de una tienda de cómics que creo ya no existe, cuyo dependiente era un crack) y aunque mi acompañante preguntó en catalán, la dependienta, después de ver que yo hablaba castellano con la mujer que me acogía, se dirigió a mí en ese idioma sin problema alguno. No entiendo el por qué de hacernos las cosas más difíciles los unos a los otros. Debe de ser que no me afecta tanto el gen egoísta del que hablaba Richard Dawkins. O simplemente: me veo obligado a convivir con otra gente, quiera o no, y no tengo ganas de andarme metiendo en enfrentamientos ridículos que no llevan más que a cabreos innecesarios. Creo que hay sitio en este mundo para mí y mis paranoias, y para el resto de la gente, sin imponer nuestras ideas, pero no, hay que satisfacer el ego con pequeñeces patrioteras como ésta. Están empeñados en imponer su cosmovisión al resto y no pararán hasta lograrlo. Y si la cosa sigue así, me apunto a la idea del exilio. Ya que no puedo mandarlo todo al carajo, al menos una parte sí. No sé si soy un loco en un mundo de cuerdos o un cuerdo en un mundo de locos, pero desde luego no encajo. Habrá que intentarlo en otro lado.