El bloqueo del escritor

5 07 2010

Es la peor pesadilla de todo escritor, profesional, amateur, mediocre o genial. Nadie se libra. Alguna vez he mencionado de pasada que me he visto asaltado por este fenómeno, aunque nunca lo he tratado en profundidad. Y como veo que esta semana acecha a la vuelta de la esquina, hablaré de esta neurosis común a todos los juntaletras.

Supongo que más o menos todo el mundo tiene una idea del fenómeno. Es ese momento en el que un escritor se queda sin ideas, incapaz de iniciar un texto o continuar con el desarrollo del mismo. Suele coincidir cuando existe un plazo de entrega inminente, aunque no es una condición necesaria. Os podéis imaginar la situación: tienes que entregar un artículo y no tienes ni idea de qué escribir, o peor aún, tenías una idea y a mitad de texto te has quedado sin saber qué decir o cómo seguir. O descubres que lo que parecía una buena idea no lo es tanto a la hora de plasmarla en el papel. Y el momento se acerca inexorable. Horror.

Por más que lo pienses no sale nada

Por fortuna, lo normal es que llegue una idea que o bien ayude a seguir con el tema propuesto o sirva de punto de arranque para una nueva narración (o el formato que se maneje). La mayoría de las veces consigues sacar adelante, más mal que bien, un escrito que salve los muebles. Pero hay ideas que se quedan en el tintero. Cuando llegó la fecha de mi cumpleaños, ya que hacía la cifra emblemática de 25 años, decidí hacer un repaso de lo que ha vivido el mundo durante ese tiempo, y compararlo con el propio desarrollo personal. Pero no supe cómo seguir, así que ahí quedó enterrado Un cuarto de siglo, a medio redactar, al igual que se quedaría ¿Veinte años no es nada?, un intento de retomar el tema a propósito de vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín (incluida una mención precisamente al bloqueo del escritor). Más triste es el caso de un artículo sobre Madrid, del que sólo plasmé unas líneas.

También los nombres consagrados sufren de este atasco creativo, y alguna vez han hablado de él. En una entrevista a propósito de su recomendada novela El Asedio, Pérez Reverte confesaba lo cuesta arriba que se le hace a veces preparar su entrega semanal de la columna Patente de Corso, lógico al tener que hacerlo con dos semanas de antelación, o como dijo en El eco de los propios pasos: porque no se me ocurre otra maldita cosa. Javier Marías rememoraba, a propósito de su artículo 200 para El País cómo un día en el que no tenía la más remota idea sobre la que escribir, se inspiró en una carta y una foto de Dashiell Hammett para solventar su compromiso semanal (Tengo aquí una copia del mismo, llamado La carta del hombre delgado, arrancado de la misma revista donde se publicó). Y Stephen King se las vio y se las deseó para sacar adelante la novela Apocalipsis, y el último libro que le han traducido en España, La Cúpula, lo intentó escribir dos veces, a finales de los 70 y primeros de los 80, desechándolo en ambas ocasiones y retomándolo casi 30 años más tarde.

Dashiell Hammett sacó de un apuro a Javier Marías

Lo peor del dichoso bloqueo es la angustia que te entra sentado ante la página en blanco. Mientras que en otras ocasiones el tema sale solo, e incluso tienes ideas para varias semanas, en ese momento te enfrentas a la nada. Parece que escribir, esa tarea que te gusta, y se te da medianamente bien es imposible. Buscas y rebuscas, retuerces las opciones, descartas aquello de lo que has hablado hace poco, o puede no despertar interés en el lector, pero no hay tu tía. Las musas han pasado de ti, que cantaba Serrat. Y esa actividad placentera, a la que te gusta entregarte todas las semanas (o todos los días), que es la de de elaborar unas frases, organizarlas en párrafos y darles una coherencia que permita desarrollar una o varias ideas de forma comprensible para el lector y satisfactoria para ti, se convierte en una auténtica tortura, mientras te preguntas dónde diantres quedó tu talento, por mediocre que sea, tu habilidad para redactar y tu conocimiento del lenguaje. Y no hablemos de esos días en los que has dormido poco o llevas una buena resaca. Para esos días sobran las palabras.

Pero al final lo consigues. Aunque sea con retraso, siempre surge alguna idea de la que tirar (como este mismo artículo, por ejemplo, aunque éste será entregado a su hora) Muchas veces el texto no tendrá la garra, la energía o el sentimiento de los momentos más logrados, pero al menos tiene un nivel pasable y es digno de publicación, no como las líneas originales que compuse para el artículo sobre Terry Pratchett hace poco, por fortuna borradas y sepultadas en el olvido. También puede suceder que un texto perpetrado a última hora y de los que no entran entre tus favoritos sí lo sea para algún lector, lo cual es una bendición. Lo que sí os pido es que, en futuras ocasiones que leáis ésta o las columnas de mis compañeros y vecinos de página, seáis un poco indulgentes con nosotros si el nivel es bajo. Como nos pille el bloqueo del escritor, lo llevamos mal. Y no sabéis bien el mal rato que pasamos.

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