Un hombre sin patria

29 06 2010

Así se titulaba la última colección de artículos que publicó Kurt Vonnegut en vida, y a modo de homenaje al autor y a ese libro he decidido tomar prestado dicho título para encabezar mi artículo semanal por dos razones: recordaros que es un libro excelente y que deberíais leerlo, y llamar la atención sobre las siguientes líneas, dado que es una frase provocativa y que puede inducir a engaño. Pero para no prejuzgar, os invito a leer mis razonamientos antes de que haya malos entendidos.

Leedlo, ¡leedlo!, ¡¡leedlo!!

El domingo pasado tuve una experiencia que todo el mundo debería experimentar de vez en cuando: un paseo agradable, tiempo soleado a la par que fresco, la compañía de una mujer maravillosa y un buen puñado de reflexiones de relativa trascendencia. Gracias a las ideas que venía madurando desde hace tiempo, y lo que comentamos mi novia y yo por las calles de Valladolid puedo hoy escribir este artículo y defender la postura que he decidido adoptar: soy un hombre sin patria ni bandera. O al menos en parte. Un aviso antes de iniciar mis explicaciones: aunque los conceptos a los que me refiera parezcan hacer referencia sólo al estado español, son aplicables a toda ciudad, región y nacionalidad de esta tierra.

Ya dije en el artículo Ladrones de sueños que la humanidad es infantil y crédula, y lo mantengo. Incapaces de asumir que somos una minúscula parte de un universo tan vasto que es prácticamente inabarcable para la mente humana, y que somos producto de unas condiciones especiales y quizá únicas, los seres humanos necesitamos aferrarnos a algo tangible para que dé un supuesto sentido a nuestras vidas (pluralizo a propósito, no soy distinto a los demás). Ahí entran en juego una serie de creencias, valores e ideales por los cuales regulamos nuestro modo de vida: la idea de que somos producto de la creación de un ser superior que rige nuestros destinos y controla todas nuestras acciones con el fin de recompensarnos o castigarnos una vez muertos o la de creernos superiores intelectual, moral y culturalmente por haber nacido en un pedazo concreto de la superficie terrestre con unas fronteras en su mayor parte arbitrarias conforman los dos tipos de sistema de valores más habituales por los que se ha regido y se rige la especie humana, una especie de abrigo ideológico ante la escalofriante idea de que somos apenas nada en comparación con el universo.

La sonda espacial Voyager2 fotografió la Tierra desde más allá de Neptuno, a 6.000 millones de kilómetros de distancia. El resultado es el que veis en la foto

Es por ello que la mayoría de la gente no se plantee la posibilidad de que tales postulados sean erróneos. Se adhiere (nos adherimos) a esos planteamientos sin cuestionar la validez de los mismos. De ahí que existan tantos partidarios del nacionalismo o de las religiones.  Pero dejando de lado cuestiones espirituales, de las que no trata este texto, se tiende a seguir todo aquello que represente a una ciudad, región o nación como una verdad cuasi incuestionable, a defenderla aunque sus postulados puedan ser considerados incorrectos o incluso absurdos, no ya desde el punto de vista de un extranjero, sino desde la óptica del sentido común, y a esgrimirla como bandera ante aquellos que están fuera de dicho territorio (o su conjunto de ideales, ya que puede seguir defendiéndolo alguien que haya nacido en un territorio y resida en otro), poniéndolo por delante de cualquier otro tipo de valores.

Ejemplos conocemos muchos pero traeré un par a colación. Están las corridas de toros, que se asocian a la imagen de España en cualquier lugar del mundo, pese a que sea un cruento espectáculo en el que se tortura impunemente a un animal para regocijo de las masas. Aquí alguien mencionará el boxeo, pero mientras que los practicantes de dicho deporte saben a lo que se exponen y nadie les obliga a subir al ring, al toro se le saca por la fuerza a la plaza. (El debate da para mucho más, pero no es el lugar, ya que esta mención es casi una anécdota). El otro ejemplo son las llamadas cargadas, o frases insultantes y despectivas hacia los seguidores de un equipo rival que ha sido derrotado. Proceden de Argentina, pero ellos las imponen como su cultura, pasando olímpicamente de la regla de oro, aunque sea en la versión de Shaw: No hagas a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti. Quizá tengan otros gustos.

Y es eso lo que realmente me fastidia. Poner por delante una nacionalidad, unas ideas y símbolos arbitrarios antes que el propio raciocinio. Agitar cual vacas sagradas unos valores impuestos por alguien ajeno a nosotros hace mucho tiempo, por lo que tales valores pueden estar obsoletos. Pero no, los seguimos con fe ciega, por convencimiento o por el qué dirán y los defendemos a ultranza. Las banderas son mi ejemplo favorito: se exhiben y se ondean orgullosas como si por ello uno fuese más patriótico que quien no la lleva, cosa que escapa a mi entendimiento. Da la impresión de que quien la luce se cree por encima del resto, por la gracia de los ideales que representa, cuando a mi entender nadie es mejor por ser de una ciudad, región o país, sino que hace mejor a dicho lugar con su comportamiento. Entiendo las banderas en camisetas deportivas, ya que no tiene por qué asociarse a un sentimiento patriótico, sino al gusto por un deporte o un estilo de juego, o un producto procedente de un país (como la mini bandera de Irlanda que llevo cuando me pongo mi camiseta de Guinness) Lo otro me parece ostentación innecesaria.

Pero eso sí, no niego ni puedo negar lo que supone España para mí. Su legado cultural, el sistema educativo que me formó, el carácter que dicen imprime a las personas es ineludible, y lo admito sin ningún problema. Sé perfectamente que haber nacido en otro país y otra cultura me hubiera formado de otro modo. Probablemente no hubiera tenido la libertad de rechazar las creencias religiosas dominantes de mi país de haber nacido en Afganistán, o me hubiera buscado problemas por escribir este artículo, por lo que estoy agradecido de haber nacido aquí. Pero yo no elegí haber nacido en esta ciudad, y por ende, país. Fue una cosa de mis padres. Un simple hecho lo explica: si mi padre no se hubiera mudado de Palencia a Valladolid en los 60, probablemente yo hoy fuera palentino y no vallisoletano. Hubieran sido otras circunstancias, y puede que otra persona. Cierto es que España contribuyó a mi educación, pero mis padres tuvieron mucho que ver: siempre alentaron mi deseo de conocimiento, mi sed de lectura y no me dieron un ideario político y religioso al que aferrarme (si bien admito que sigo de cerca el suyo, pero nunca me lo impusieron). Unos padres más estrictos no hubieran permitido mi adhesión al ateísmo, por ejemplo. Aunque nunca se sabe: me contaba mi novia la historia de un muchacho homosexual que conoció a los padres de su pareja, y en la casa había no sólo banderas patrias, sino bustos de Franco, pero que el trato que le dispensaron los progenitores de su amado fue cordial y amable. Esos casos llaman la atención ya que se suele oír mucho la historia de padres que repudian a sus hijos por sus tendencias sexuales. Aún así valoro casi más lo que me enseñaron mis padres que lo que aprendí en la escuela. Lo segundo me proveyó de conocimientos, mis padres me enseñaron a ser persona.

Si a un intelectual reconocido como Salman Rushdie le persiguieron por los "Versos Satánicos" ¿qué harían en otro lugar con un mindundi como yo?

Así que es por eso que he decidido ser un hombre sin patria. Decir que soy yo mismo antes que español. Decir que lo importante es lo que soy, cómo soy, lo que pienso y cómo me comporto en lugar de exhibir primero mi españolidad, como si eso fuera lo que prima, cosa que dudo. De hecho ya me han dicho que no parezco el típico vallisoletano: seco, borde, patriotero, y aficionado al leísmo (pero se me escapan, se me escapan, ¡es mi cruz!), rompiéndole el tópico del carácter pucelano a un burgalés una noche de fiesta. Porque sí, soy vallisoletano, castellano y español, pero también soy, según mi DNI, Miguel Cornejo de la Fuente, Micky me llaman mis amigos y familia (tal vez es hora de dejar el mote que elegí a los 6 años), o los que me conocen por Internet lo hacen como rexo_de_rauda, Camposanto, Edward G Robinson, Bela Lugosi o mikemarlowe dependiendo de en qué juego o foro se topen conmigo (la multiplicidad de pseudónimos no es síntoma de trastorno de personalidad disociada a lo Gollum , o al menos eso espero). Un tipo como cualquier otro, con sus virtudes (pocas) y defectos (demasiados). Ni mejor ni peor que cualquiera. Sencillamente yo. Y esa es mi bandera.

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2 responses

23 11 2010
The Zone España

[…] que ya es bastante más de lo que tenían nuestros padres. Ya comenté en su día en mi artículo Un hombre sin patria que gracias a que nací en una democracia puedo declararme ateo o firmar artículos de opinión sin […]

23 11 2010
35 años « The Zone España

[…] que ya es bastante más de lo que tenían nuestros padres. Ya comenté en su día en mi artículo Un hombre sin patria que gracias a que nací en una democracia puedo declararme ateo o firmar artículos de opinión sin […]

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