Cita con la Muerte

22 06 2010

Quizá algún lector veterano que escuchase el programa de metal Rock Star, hará como unos 11 años, recordará que La cita con la muerte era el nombre de la sección mensual sobre metal extremo. Ahora, con la confluencia de acontecimientos de los últimos días, sirve para titular este texto, e igual que la vieja sección del citado programa de radio, lo abre el Perpetual Ascent de Demigod:

Este viernes fallecía, a los 87 años, el escritor portugués José Saramago, uno de los grandes de la literatura mundial, único escritor en lengua portuguesa ganador del premio Nobel de literatura. No voy a glosar aquí su vida y obras, cosa de la que ya se han encargado los medios a fondo (por ejemplo, aquí). He de confesar que, pese a las continuas recomendaciones y alabanzas, nunca abrí un libro del autor portugués, ya que lo consideraba un bocado demasiado intelectual para mi gusto, además de haberle cogido algo de tirria por unas críticas que hizo a El Señor de los Anillos, que a mí me parecieron típico desprecio de intelectual hacia literatura popular, y como buen fanático rabioso de Tolkien me sentó bastante mal tal comentario (el cual no sé si conservo, y que curiosamente se parece demasiado a los que yo hago sobre El Código da Vinci, así que igual toca revisar prejuicios). Igual es buen momento para acercarme al maestro, ya que mi curiosidad maligna me hace preguntarme qué tendrá su última novela, Caín, para haber cabreado a la Iglesia.

Saramago recibiendo un premio

Al fallecimiento de Saramago hay que añadir que hace unos días me terminé Lo que no vengo a decir, un volumen recopilatorio de artículos de Javier Marías (del cual me guardo otro artículo para hablar de él en otra ocasión), entre ellos Todos los genios muertos (leer aquí), donde el autor madrileño explica, entre otras cosas, lo poco que le gustan los panegíricos post-mortem a los escritores fallecidos, artificiales y en el que el redactor se jacta de lo importante que fue para él el fallecido, aunque matiza que la tradición es, hasta cierto punto comprensible. También comenta lo injustificable de las alabanzas a autores muertos cuando en vida no recibieron del favor de crítica y público (el caso de Roberto Bolaño es el más sangrante).

Si parecen pocas confluencias, hay una última que añadir a la lista. El jueves estuve viendo El Escritor, el último thriller de Roman Polanski, con Ewan McGregor y Pierce Brosnan. Y también contaba con una breve intervención de Eli Wallach, ya anciano. Me costó algo relacionar rostros, pero los ojos no engañan: ese hombre arrugado es el mismo que Tuco Benedicto Pacífico Juan María Ramírez, el pistolero del bigotazo que llamaba hijo de una perra sarnosa a Clint Eastwood en El bueno, el Feo, el Malo. Y me di cuenta (por pueril que parezca) que cualquier día nos encontramos con la necrológica de este actor secundario, o la del nonagenario Kirk Douglas, y que los halagos que merecen en vida (y que servidor nunca escatima en ambos casos) sólo les lleguen una vez que no pueden oírlos.

El terrible pistolero ahora es un anciano entrañable

Ya lo dije en otro momento, pero no parecemos darnos cuenta de que la cita con la muerte es inevitable, pero que no le damos demasiada importancia. Nos quedamos con la cara a cuadros cuando fallece alguien, aunque esa persona llevara tiempo enferma. Es en vida de alguien cuando hay que hacerle saber todo lo que supone para uno (es más difícil hacerlo cuando dicha persona es famosa, pero nada es imposible). ¿De qué le sirven a un muerto los halagos? Los comentarios positivos, el amor (sí, sin tonterías, el amor de un amigo, o de un admirador) y el respeto hacen que suba el ánimo de quien los recibe, más cuando recibe hachazos e insultos muchas veces poco merecidos. Es mejor decir las cosas cuando se puede que luego lamentarse por no haberlo hecho.

Y es por eso que me gusta hacer artículos como el de la semana pasada (aún por subir al blog), de homenaje a uno de mis autores vivos favoritos, halagos que merece mientras siga escribiendo (cada vez menos debido al Alzheimer). Poder decir (aunque jamás me lean) lo puñeteramente buenos que son, los grandes ratos que me hacen pasar, y que la gente debería asomarse a sus obras y disfrutarlas tanto como hace este servidor. Y aunque suene artificial también seguiré acordándome de los que ya no están con nosotros, pero con mesura, ya que mueren demasiados (Saramago, DIO, Peter Steele…), y tampoco es cuestión de amargar al lector. Así que a ver cuándo carajo me dejan garrick y furia (para los no habituales de managerzone, mis jefes directos) escribir el homenaje a Predicador que llevo dos años queriendo plasmar en esta columna, pullas eclesiásticas incluidas. Porque quiero, de una vez por todas, decirle a todo el mundo que se arroje sobre los volúmenes de la serie en busca de un buen rato. Antes de que la de la guadaña se lleve a Garth Ennis. Por si acaso.

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