Odio todo esto

24 05 2010

Ese es el título de la columna que Spider Jerusalem se ve obligado a escribir para el periódico “La Palabra” a fin de poder ganar pasta y cumplir con sus obligaciones contractuales tras haberse pasado 5 años viviendo como un anacoreta en las montañas (y de paso, quedándose sin blanca).

Pero mejor echar el freno que ya veo que os habéis perdido (la mayoría, al menos, aunque presiento que tal vez dudo sepa de lo que hablo). Spider Jerusalem es el protagonista del cómic Transmetropolitan, de Warren Ellis (guiones) y Darick Robertson (dibujos). Publicado a finales de los 90 y primeros de los 2000, esta serie de sesenta números se convirtió en el buque insignia de la editorial Vertigo, tras el fin de la que es mi vaca sagrada del mundo del cómic, Predicador. Hace poco me dio por releer los 31 números que se hallan en mi posesión, y he disfrutado la experiencia más aún incluso que la primera vez. He de decir que me pillé de saldo esos números, por lo que no tengo toda la saga, aunque ahora la esté reeditando Planeta tras adquirir los derechos que tenía Norma Editorial, pero lo está haciendo número a número, para sacar más tajada que con los volúmenes recopilatorios. A pesar de que no me he terminado toda la serie (he leído un par de esos tomos recopilatorios, posteriores a esos 31 números, que andan en la biblioteca) creo que puedo hacer un artículo honesto sobre la misma.

Uno de los co-cradores de la serie, Warren Ellis

La serie se sitúa en un futuro indeterminado, en una metrópolis gigante de los USA llamada simplemente “La Ciudad”. Con un aire a la versión de Los Ángeles que nos ofrecía Blade Runner, pero más corrupta, degradada, violenta e inmoral, La Ciudad ofrece todo tipo de perversiones y drogas, al tiempo que se forma una nueva Iglesia cada hora. El protagonista, Spider Jerusalem, odia todo esto, pero a la par lo necesita. Un lunático, psicópata, malhablado, violento, drogadicto, amoral y crudo periodista en busca de la verdad, cueste lo que cueste. Aunque para encontrar dicha verdad no dudará en emplear cualquier método (violencia, gas fuente, su archiconocido disruptor intestinal, capaz de producirte la madre de todas las diarreas). Acompañado de las que él llama sus asquerosas ayudantes (primero Channon, luego Yelena, luego las dos), su cobertura de la campaña electoral entre La Bestia, el actual presidente, al que Spider intento destrozar en la anterior campaña sin resultado (lo que dio pie a un artículo de 8.000 palabras de nuestro periodista bastardo favorito consistente en 8.000 repeticiones de la palabra mierda) y el candidato de la oposición, El Sonriente, un tipo que esconde más cosas de las que expresa con su eterna sonrisa, servirá para publicar uno de los libros que tiene pendientes (el motivo de su regreso de su autoimpuesto exilio), montones de quebraderos de cabeza (y pingües beneficios) para su editor Mitchell Royce y problemas inesperados para el periodista y su equipo.

Sin duda, Spider es el protagonista total del cómic, aunque no por ello el único personaje carismático. Su estampa es inconfundible: calvo, cuerpo totalmente tatuado (el cual vemos desnudo en tal vez demasiadas ocasiones) sempiterna ropa negra, el tatuaje de la araña en la calva y sobre todo, sus gafas especiales, capaces de hacer fotos y cuyo cristal derecho es rectangular y verde y el izquierdo redondo y rojo, aunque en los primeros momentos de la saga nos aparezca con una increíble mata de pelo y barba a lo ZZ Top que recuerdan tanto a Alan Moore (el guionista de los comics de Watchmen y V de Vendetta) que la referencia no puede ser casual en mi opinión. Spider requiere siempre de inspiración y fuma como un cosaco (en ese futuro se han desarrollado agentes anti cancerígenos que permiten echar humo como un carretero sin tanto riesgo para la salud) y consume estupefacientes de todo tipo, además de ser adicto a la pornografía (está salido y lleva años sin mojar debido al aislamiento). Es una especie de Arturo Pérez-Reverte desquiciado, con la mala leche cínica del Dr. House y el toque de drogadicto pasado de rosca de Renton (Ewan McGregor) en Trainspotting. Un jodido bastardo, como se llama el blog de mi hermano (tomad publicidad encubierta), y a la vez, un crack, un fenómeno, un tipo de los que me gustan a lo Tony Montana.

Así vieron por primera vez a Spider en USA, en España se usó otra portada

Pero más allá del propio personaje, hay un par de cosas que me gustaría comentar sobre la serie. Una es el cuadro social que pinta Warren Ellis con sus guiones. Por muy futurista que sea la ambientación de la serie, hay demasiados aspectos que recuerdan al mundo actual y no por casualidad. La confrontación entre lo depravado y lo espiritual es bastante clara: al tiempo que podemos encontrarnos todo tipo de prácticas sexuales, aparecen nuevos cultos cada hora, como ya hemos citado, al cual más absurdo, (la visita de Spider a una convención de nuevas religiones es bastante reveladora) es bastante parecida, aunque evidentemente exagerada y satirizada, a la situación que vivimos en nuestros días. Otros aspectos que no escapan a la ácida mirada de Ellis son la corrupción y el circo político, bien plasmado en las elecciones que cubre el protagonista y su equipo, el aborregamiento de las masas, y la miseria de la que los gobiernos no se ocupan y que Spider está encantado de mostrarnos. Incluso uno hablaría de la propia neurosis de los escritores en general, y cómo la adicción a las sustancias puede ayudarles a la par que los destruyen. En este caso, el episodio donde Mitchell Royce comenta que Spider necesita que le odien para escribir, pero como su columna se ha vuelto popular y la gente le adora, necesita de las drogas para seguir esputando su odio inveterado por la sociedad es sintomático de la necesidad de autodestrucción que sufren algunos autores (como ya describí en otro artículo)

El otro punto a tratar me atañe más de cerca y se refiere al modo de escribir de Jerusalem, a la vez que al título de la Torre de esta semana. El periodista ficticio vuelca todo su odio y su crudeza en unas columnas que van directas a la yugular del lector, sin condescendencias. Y hay veces en las que me gustaría imitar su estilo. Poder decir lo que pienso sin tapujos, ni cortapisas o censura. Desplegar lo peor de mí, directo, sucio, bilis negra y vómito maloliente que ponga en su sitio a más de un indeseable que pulula por la faz de la Tierra. Cortante, duro, sin metáfora ni ironía, sólo violencia desatada. Si tuvierais la oportunidad de leer la letra que recientemente escribí para mi banda, (cosa que de momento os está vedada por razones obvias) os sorprendería el ver una faceta distinta de lo habitual. Tal vez sea por eso lo que me impulsa, aparte de lo musical, a estar en la banda en la que estoy. Pero también me gustaría aplicarla a mi columna semanal, desahogar todo el lado salvaje que llevo dentro. Pero dos razones lo impiden. Una es la normativa que me impone el propio juego, y que me lleva a no tratar temas polémicos o bordearlos de la manera más sutil posible (este texto, por ejemplo, pasará por manos de los jefes, por voluntad propia, a sabiendas de que alabo ciertas conductas no deseables con menores de por medio). La otra es mi propia ética: ¿no sería digno de un hipócrita criticar a los juntaletras escupebilis que pululan en la prensa rosa y la deportiva y luego usar sus mismos recursos para defender mis tesis? Eso es lo que me coarta. Pero no creáis que no me tienta decirle cuatro cosas a según qué políticos, periodistas e indeseables varios que se benefician de “lo que vende” cuando deberían estar en el paro. Y el deseo es intenso y acuciante. Como le dice el loco del desierto Johnny Lee Wombat a Jesse Custer, el Predicador, hacia el final del arco argumental Guerra bajo el Sol: “Antes o después, llega un momento en que sólo quieres gritarle al mundo que se joda”.

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