La regla de oro

7 05 2010

Leyendo el Sacapuntas de la semana pasada me encontré con que mi vecino de columna sigue una de las más viejas y conocidas máximas de la cultura occidental, la llamada regla de oro. Y yo me planteé lo poco que se sigue la misma, y que se podría plasmar en uno de mis propios artículos.

Tal y como la formula srperez, la regla de oro dice: Trata a todo el mundo como te gustaría que a ti te trataran. Se puede decir de muchas maneras, hacerla más impersonal, como hizo Kant con su imperativo categórico supremo (Actúa según la máxima por la que desees que tus actos se conviertan en ley universal), o hacer divertidos juegos con ella (Un sádico es un masoquista que sigue la regla de oro, interpretación ésta que llevó al dramaturgo George Bernard Shaw a reformularla como No hagas a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti. Quizá tengan otros gustos.) En su clásico moderno Platón y un ornitorrinco entran en un bar (cuando leáis esto será el regalo que habrá recibido un colega que cumple años el 1 de mayo), Thomas Cathcart y Daniel Klein recopilan las diversas variantes que han aparecido en algunas tradiciones religiosas que os detallo a continuación:

Estos señores con pinta de abueletes entrañables son Thomas Cathcart y Daniel Klein

Hinduismo (alrededor del XIII a.C.): No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti… en eso consiste el Dharma. Tenlo en cuenta (El Mahabarata)

Judaísmo (alrededor del siglo XII a.C.): Lo que a ti te resulte odioso, no se lo hagas a tu vecino; en esto consiste la Torah; el resto no es más que comentario; ve y apréndelo. (El Talmud babilónico)

Zoroastrismo (alrededor del siglo XII a.C.): La naturaleza humana sólo es buena cuando no le hace a otro lo que no es bueno en sí mismo (El Dadistan-i-dinik)

Budismo (alrededor del siglo VI a.C.): No dañes a los demás de maneras que tú mismo considerarías dañinas. (El Dhammapada tibetano)

Confucianismo (alrededor del siglo VI a.C.): No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti. (Confucio, Analectas)

Islam (alrededor del siglo VII d.C.): Ninguno de vosotros es un verdadero creyente hasta que desea para el otro lo que desea para sí mismo (La Sunna, del Hadit)

Bahai (alrededor del siglo XIX d.C.): No adscribas a alma alguna lo que no quisieras que adscribieran a la tuya, ni le digas a nadie lo que no quieres que te digan. Esta es la orden que yo te doy y que quiero que cumplas. (Bahá’u’ullah, Las palabras ocultas)

Como es un libro de humor, los autores añaden una de su cosecha:

Sopranoísmo: (siglo XX d.C.): Casca a todo hijo de vecino con el mismo respeto con el que te gustaría que te cascaran a ti, ¿estamos? (Tony Soprano, episodio XII).

En principio, algo muy sencillo de cumplir. Si quieres que te traten con corrección, hazlo igual con el resto. Si no quieres recibir insultos, no lo hagas. Obviamente, esto no significa que haya que estar arrastrándose servilmente ante los demás, ni que haya ocasiones en las que no se siga esa regla, porque no somos máquinas, y nuestro comportamiento depende de factores que pueden hacer que por un momento nos olvidemos de esta máxima, por ejemplo, cuando estamos cabreados. Pero si nos paramos a pensar, la mayoría de las veces no se cumple esta regla.

Se me ocurren un par de ejemplos que contaba mi novia y que vienen al pelo. Uno era a propósito de un debate que pilló, traducido simultáneamente, de las elecciones en el Reino Unido. Los participantes hablaban respetando el turno, sin alzar la voz, sin criticar las medidas de los otros, simplemente resumiéndolas y contrastándolas con las propias. Y yo no sabía si congratularme o echarme a llorar. Lo primero por la muestra de respeto que aquí no se da. Lo segundo precisamente por el habitual comportamiento de los políticos patrios. Mi hermano tuvo a bien discrepar, aduciendo que nuestros políticos, en debate televisivo, mantienen la compostura. Más a mi favor entonces, porque prueba que saben comportarse, y que el circo habitual de declaraciones, descalificaciones y demás es innecesario. ¿Tan difícil es que los políticos apliquen la regla de oro, y que se respeten y debatan con moderación? ¿Qué basen sus debates en las virtudes propias y no en los defectos ajenos? ¿No podrían aprender de los políticos ingleses? (Huelga decirlo, pero si los políticos que vio mi novia se comportan en el Parlamento igual que los nuestros en el Congreso, mejor que no aprendan. Aparte de la decepción que para mí supondría)

El candidato laborista (izquierda) y el conservador (derecha) a Primer Ministro

El otro ejemplo venía sacado de uno de esos programas del corazón que tanta urticaria me dan, y sacan mi lado irracional y violento, que tengo que desahogar con exabruptos y malos deseos, rompiendo de paso la regla de oro (al rato se me pasa la inquina). A propósito del muchísimo mal que han causado (más de lo que algunos creen, y no soy el único), me refería mi novia una anécdota sobre una arpía (así la llamó ella) que relataba una sarta de gilipolleces y mentiras sobre una famosa (no sé cuál ni me importa), sazonada con insultos y lenguaje de camionero (y que me disculpen los camioneros, sobre todo si son bien hablados), de forma tan contundente y agresiva que alguien cercano a la aludida (del entorno, que diría la prensa deportiva parafraseando a Johan Cruyff) que la receptora de los agravios estaba sufriendo una crisis de ansiedad. Tal cual. Para regodeo, supongo, la de mujer de lengua venenosa y los que sintonizaban el canal y no les cayera bien la afectada. Uno ya no se pregunta dónde queda la regla de oro, sino cuál fue el punto de inflexión que permitió a una mujer como la agresora verbal aparecer en un programa de televisión (cobrando una morterada, imagino) a demostrar un nivel de educación, respeto e inteligencia tan nulo, y los que habitamos España lo permitimos (y alguno igual hasta lo aplaudió)

No hace falta irnos tan lejos para encontrar ejemplos de lo mismo. En nuestra vida diaria nos hemos cruzado con alguna gente como ésa. Y ha tocado sufrirlos, dejando además mal cuerpo durante un rato. Y uno no puede evitar preguntarse por qué no seguimos la regla de oro más a menudo. Por qué nos emperramos en convertir el mundo en un lugar más frío y desagradable de lo que ya es. Ojo, que no digo que tengamos que convertirnos ahora todos en hermanos hippies repartiendo abrazos y besos en la boca, smuac, smuac, a todo hijo de vecino que se cruce por delante. Simplemente cohabitación pacífica. Yo digo X, tú Y, pero yo no te insulto a ti ni tú a mí. Yo te trato bien  y tú a mí. Y cada uno a los suyo. Pero cada vez que te cruzas con uno de estos, te queda la sensación de que, encima de que intentas comportarte medianamente bien, dentro de la medida de lo posible y sabiendo que hay días y momentos malos, quedas como un gilipollas ante el arrogante, el borde y el desagradable. Entonces te dan ganas de mandarlo todo al carajo, y ser tú tan desagradable como ellos. Hasta que se te pasa el cabreo y piensas que no merece la pena ser tan mala persona, tan amargada y asquerosa.

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